Katia Murrieta: Gil Barragán Romero | Columnistas | Opinión
[ad_1] Eran meses de verano al inicio del curso, en mayo, y de invierno a su fin, en enero, que asistíamos a clases los estudiantes, entre aguaceros, humedad y el canto de los grillos. El maestro ingresaba al aula, donde, en número aproximado de cien, lo esperábamos ansiosos. Algunos, con cierto temor y mucho respeto,











