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Al Madrid le dio tiempo en la primera parte hasta a que Tchouameni saliera de una jugada en la banda con el tacón. “El muy criticado Tchouameni”, según lo definió Carlo Ancelotti tras la ida en el Etihad. Así pintaba la autoridad incontestable de los blancos en la vuelta. El Bernabéu recibió el descanso en silencio, en paz. Después de tantas batallas gigantes entre los dos últimos campeones de la Champions, el episodio de ayer no llegó ni a refriega. De ello se ocupó la gran exhibición de Kylian Mbappé. “Lo más importante es ganar títulos”, alertó el hombre de la noche. “En mi carrera marqué muchos goles, pero a veces para nada. Hoy jugamos colectivamente de la mejor manera”, celebró el francés.
Nadie se paseaba por el campo con el pecho tan hinchado como él, autor de un triplete que desmontó a un equipo citizen fofo; con diferencia, el peor de los muchos que han pasado por Chamartín. El cruce se cerró con 35 tiros de los blancos.
Raúl Asencio se presentó en España con una asistencia de costa a costa, contra Osasuna, para un tanto de Jude Bellingham. Esta vez, se confirmó en Europa con un envío casi calcado que dio inicio a la gran velada del galo como madridista y metió en la licuadora al cuadro de Pep Guardiola. “No pudimos defender sus movimientos. Ha atacado muy bien el espacio”, lamentó el catalán, que no puso pegas a la superioridad local.
La defensa visitante era un cuadro, con Rúben Días por el suelo y Stones sin respuesta. Un juego de niños para un Mbappé que se ha quitado las cadenas y se mueve a su antojo como nueve. Lo que durante los primeros meses de la temporada parecía un tapón para él ha derivado en una autopista al gol. Su contador de tantos crece cada jornada desde una ubicación que se juzgó como ortopédica para sus condiciones. Pero no.
Hasta que tocó fondo, como reconoció, en la visita a San Mamés de diciembre, sumó 10 dianas en 20 choques. Desde entonces, 18 tantos en 18 encuentros. Fue una transformación más mental que futbolística. Reconoció que dudaba qué espacios ocupar en el campo para no invadir el sitio de otros compañeros. Hasta que entendió que el intento de aterrizaje suave no estaba resultando, también porque el juego del equipo no arrancaba, y decidió levantar el morro y tomar altura. El efecto fue inmediato. “Ya lo dije: no había venido aquí para jugar mal. Quiero marcar una época. Sabía que peor no lo podía hacer y tenía que jugar con personalidad”, comentó ayer sobre su repunte.
A diferencia de Mánchester, donde solo fue capaz de acertar con la espinillera al cabo de una cascada de ocasiones erradas por todos, en Madrid apareció con la bota afinada. No tuvo piedad ante una defensa agrietada. A la primera, vaselina. A la media hora, recortó a Gvardiol y apuntilló ante Ederson. Y a la hora, zurdazo a la esquina ante la mirada saltona de Phil Foden y la resignación de Guardiola, que digería cada tanto con un sorbito de agua y un pequeño parlamento con su ayudante Juanma Lillo. Hubo de todo en el catálogo de Mbappé y, con la obra concluida, fue aclamado como nunca por el Bernabéu cuando fue sustituido en el 77.
En la noche de la ausencia del lesionado Erling Haaland, la cita se resolvió con el gran golpe de pecho del francés, un lineal de facturación tras desprenderse del tapón que lo oprimió hasta el final de 2024. La felicidad inundó la Castellana, brotaron los aplausos hasta para “el muy criticado Tchouameni”, y Mbappé se pidió al Atlético en el sorteo de octavos. “Así no viajamos”, concluyó el autor del triplete, el punto final de un conjunto que, como afirmó Ancelotti, parece haber hallado una cuadratura después de muchos meses de inestabilidad. “Nos ha costado, pero creo que los jugadores han entendido lo que tenemos que hacer: el trabajo sin balón”, insistió, cómo no, el italiano.
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